El pastorcito mentiroso
Había una vez un pastorcito que cuidaba sus ovejas en una colina. Mientras ellas comían, él miraba las nubes. Una mañana se aburrió y quiso que alguien subiera a verlo.
—¡El lobo! ¡Viene el lobo! —llamó el pastorcito. Los vecinos dejaron sus tareas y corrieron a ayudarlo. Pero no había ningún lobo.
El pastorcito soltó una risita.
—Era una broma. Una vecina lo miró con calma.
—Vinimos porque creímos que necesitabas ayuda. Al día siguiente, el niño volvió a aburrirse.
—¡El lobo! ¡Viene el lobo! —llamó otra vez. Los vecinos subieron de nuevo. Las ovejas seguían pastando tranquilas.
Esta vez, los vecinos se fueron preocupados.
—Si inventas peligros, será difícil creerte después. —le explicó la vecina. Poco más tarde, una figura gris apareció junto al bosque. ¡Era un lobo de verdad! Las ovejas se juntaron detrás del pastorcito.
—¡Ayuda! ¡Ahora sí hay un lobo! —pidió el niño.
En el pueblo lo oyeron, pero pensaron que era otra broma. Nadie subió. El pastorcito abrió el corral y las ovejas entraron. Después cerró la puerta. El lobo miró la cerca y se alejó hacia el bosque. Todas las ovejas estaban a salvo. El niño las contó despacito, con los ojos llenos de lágrimas.
Al atardecer, la vecina subió a la colina. El pastorcito le contó lo ocurrido.
—Perdón por mentir. Hoy necesité ayuda y nadie me creyó. La vecina se sentó a su lado.
—Puedes empezar de nuevo diciendo la verdad cada día. Desde entonces, el pastorcito habló con sinceridad. Poco a poco, los vecinos volvieron a confiar en él.
Fin
Para recordar
Decir la verdad ayuda a que los demás confíen en nosotros.