Bruno y el puerto de los juguetes
Bruno puso el último bloque sobre su barco.
—¡Listo! ¡Hoy navegaremos hasta la isla de los dinosaurios!
Al otro lado de la habitación había extendido una tela azul. Era un mar perfecto: suave, brillante y sin tiburones.
Bruno levantó el barco y dio un paso.
Pero delante de sus patas encontró un carrito, tres animales de madera y una montaña de bloques.
—Mmm… Este mar está bastante lejos.
Bruno acercó una caja y empezó a llenarla.
Metió un carrito, un elefante, varios bloques y otro carrito. Cuando añadió una jirafa, dos bloques se cayeron por el borde.
Los recogió. Entonces se cayó el elefante.
—¡Pero si yo estoy guardando! —protestó.
En ese momento llegó Milo.
—¿Tu barco todavía no sale?
Bruno se sentó junto a la caja.
—No puedo llegar al mar. Y aquí ya no cabe nada.
Milo miró alrededor.
—Quizá necesitamos más de un puerto.
Bruno se rascó una oreja.
Después señaló la cesta de los bloques, el cajón de los carritos y la caja de los animales.
—¡Cada juguete puede volver a su casa!
—¡Y podemos construir una grúa! ¡Y un tren! ¡Y…! —empezó Milo.
Bruno sonrió.
—Primero estos bloques. Tú me acercas uno y yo lo guardo.
Toc. Toc. Toc.
Uno tras otro, los bloques llegaron a su cesta.
Ya se veía un pedacito del suelo.
Después guardaron los carritos.
Bruno llevó los animales a su caja: el elefante, la jirafa, el cocodrilo…
Debajo del cocodrilo apareció una pequeña cola de madera.
—¡Mi dinosaurio!
Bruno lo levantó con cuidado. Llevaba toda la mañana buscándolo.
—¿También va a su caja? —preguntó Milo.
Bruno miró el barco y luego al dinosaurio.
—Todavía no. ¡Es nuestro capitán!
Lo sentó a bordo y recogió los últimos juguetes del camino.
Esta vez pudo caminar hasta la tela azul sin detenerse.
El barco cruzó el mar.
Encontraron una isla, saludaron a una ballena imaginaria y escaparon de una tormenta que hacía:
—¡Fuuuush! —sopló Milo.
Cuando terminaron de jugar, Bruno miró su barco.
No quería desarmarlo todavía.
Entonces descubrió un espacio libre en la repisa.
—Este será su puerto hasta mañana.
Dejó allí el barco, con el dinosaurio sentado a bordo, y dobló la tela azul.
Milo se acercó al capitán y susurró:
—¿Mañana volvemos a navegar?
Bruno contestó con una vocecita de dinosaurio:
—¡Sí! Y esta vez sé dónde está mi barco.
Fin
Para recordar
Cada cosa en su lugar nos ayuda a disfrutar del juego.