Bruno y el monstruo de los dientes sucios

Bruno observa en el espejo del baño a Mugrín y su castillo de migas sobre colinas de dientes imaginarios.

¿De qué trata este cuento?

Bruno imagina que Mugrín construye un castillo de migas entre sus dientes. Encuentra su cepillo azul y, mientras su mamá lo ayuda a cepillarse, recorre un reino de colinas blancas y burbujas. Al terminar, despide al simpático monstruo y se prepara para dormir.

Para compartir con niños de 3 a 6 años. Lectura en voz alta estimada: 5–7 minutos, sin contar las pausas para conversar. Narración grabada: 5 min 01 s.

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Bruno y el monstruo de los dientes sucios

Bruno había cenado y estaba a punto de ponerse el pijama. Todavía llevaba su gorra azul y su mochila. Bruno subió al banquito y miró el espejo.

—Hoy tengo mucho sueño. ¿Y si me cepillo mañana?

Entonces imaginó un ruido diminuto: toc, toc, ¡crac! En el espejo apareció un camino de dientes blancos. Entre dos de ellos, un monstruo redondito apilaba migas. Tenía pelo verde, nariz morada y una corona torcida.

—¡Quieto ahí! Estoy construyendo mi castillo.

—¿Un castillo en mi sonrisa?

—Soy Mugrín, el monstruo de los dientes sucios. ¡Y esta será mi torre más alta!

Puso otra miga encima. Le cayó sobre la nariz. Bruno soltó una risita. Mugrín necesitaba un casco.

En su imaginación, Bruno dio un paso y entró en aquel pequeño reino. Los dientes parecían colinas blancas. Había un puente de migas, una puerta de migas y hasta una silla de migas que crujió cuando Mugrín se sentó.

—Aquí tengo todo lo que necesito. Si te vas a dormir, mañana haré otro castillo.

—Pero yo necesito cuidar mis dientes.

Bruno sopló una vez. La corona del monstruo salió volando, dio una vuelta y aterrizó al revés. Las migas siguieron en su sitio.

—Gracias. Ahora tengo sombrero.

Bruno buscó una idea mejor. ¿Dónde estaría la suya? Cerca del puente vio un brillo azul. Era el reflejo de su gorra.

—No está por aquí. Tendré que mirar con más calma.

Mugrín siguió construyendo.

Bruno volvió a mirar el baño. El cepillo azul seguía en su vaso, junto a la toalla. Tenía una estrella amarilla en el mango. ¡Lo había tenido delante todo el tiempo! Su mamá se acercó para acompañarlo. Bruno le contó lo del castillo y le enseñó la estrella. Ella sonrió y lo ayudó a prepararse.

—¡Ya encontré mi cepillo mágico!

En la aventura imaginaria, el cepillo parecía enorme. Bruno lo tomó y regresó al puente. Mugrín escondió un puñado de migas detrás de la espalda. Se le escaparon tres por debajo del brazo.

—¿Eso es una escoba para mi salón?

—Es mi cepillo. Voy a limpiar mi sonrisa.

—¿Y tienes que hacerlo todo de golpe?

Bruno miró el camino blanco. Podía empezar por un pedacito.

—Primero este rincón. Después, el siguiente.

La estrella amarilla pareció brillar.

Bruno empezó a cepillarse con movimientos suaves. Su mamá lo acompañaba y lo ayudaba a llegar a los rincones. Mientras tanto, en su imaginación, el cepillo avanzaba por las colinas. Aparecieron burbujas pequeñas. Una se posó en la nariz de Mugrín.

—¡Tengo una nariz encima de mi nariz!

La burbuja hizo plop. Bruno quiso reírse, pero siguió con cuidado. El puente de migas empezó a deshacerse. Luego cayó la silla. El monstruo levantó las patas justo a tiempo.

—Primero este rincón. Después, el siguiente.

Todavía quedaba una torre escondida al fondo. Bruno estuvo a punto de terminar, pero la vio. Pidió ayuda y continuó. Sin carreras, sin apretar fuerte. Cuando la última miga se soltó, Mugrín se quedó abrazando su corona.

—¡Mi castillo ya no tiene ni cocina!

Bruno imaginó una burbuja grande que esperaba junto al camino. Parecía un globo redondo, listo para viajar.

—Puedes llevar tu corona. Aquí ya terminamos por hoy.

Mugrín subió a la burbuja. Acomodó su corona y saludó como un rey que sale de paseo.

—¡Hasta otra aventura, explorador!

La burbuja flotó despacito hasta desaparecer. Bruno parpadeó. Seguía en su banquito, delante del espejo. No había un monstruo de verdad: había inventado una aventura mientras se cuidaba. Terminó de cepillarse con ayuda de su mamá y dejó el cepillo en su vaso.

—Mañana también vendré a cuidar mi sonrisa.

Se quitó la mochila y la gorra, se puso el pijama y buscó su cama. Antes de acostarse, hizo una corona de papel para su dinosaurio de madera. Le quedó un poco torcida. Bruno sonrió: aquella sí podía quedarse.

—Buenas noches, rey dinosaurio. Nada de construir castillos entre mis dientes.

Su mamá le dio un beso. Bruno cerró los ojos. El cepillo azul descansaba en el baño, listo para acompañarlo otro día. Y, en algún rincón de su imaginación, Mugrín seguía viajando con su sombrero al revés.

Fin

Para recordar

Cepillarme los dientes cada día, con ayuda, es una forma de cuidarme.

Para conversar después de leer

  • ¿Qué encontró Bruno para limpiar el castillo de migas de Mugrín?
  • ¿Quién puede acompañarte a cuidar tu sonrisa, como la mamá de Bruno?

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