La liebre y la tortuga
Una mañana, la liebre daba saltos por el bosque.
—¡Nadie corre tan rápido como yo! —presumía. Al ver a la tortuga, se rio.
—Con esos pasitos, ¡no llegarás nunca! La tortuga levantó la cabeza con calma.
—¿Hacemos una carrera? —preguntó.
Marcaron la salida en el sendero y la meta al otro lado del bosque.
—¡Una, dos y tres! —dijeron. La liebre salió como una flecha. La tortuga dio un paso, luego otro, y comenzó a caminar. Pronto, la liebre quedó muy por delante.
La liebre miró hacia atrás. La tortuga se veía pequeñita, muy lejos.
—Me sobra tiempo para descansar —pensó. Se acomodó a la sombra de un árbol, cerró los ojos y soltó un bostezo. Entre el susurro de las hojas, se quedó profundamente dormida.
La tortuga siguió por el sendero. Paso a paso, sin detenerse, llegó hasta el árbol donde dormía la liebre. Pasó a su lado en silencio y continuó. Le pesaban las patitas, pero ya podía ver la cinta de la meta.
—Un pasito más —se animó.
Justo cuando la tortuga cruzó la meta, la liebre abrió los ojos.
—¿Ya terminó la carrera? —exclamó sorprendida. Corrió hasta ella, pero era demasiado tarde.
—Ganaste tú. Perdón por burlarme —dijo. La tortuga sonrió, contenta de haber llegado, y las dos volvieron juntas por el sendero.
Fin
Para recordar
Despacito y sin rendirse también se llega.