El gato con botas
Un joven molinero tenía poco dinero y un gato como compañero.
—¿Qué vamos a hacer? —suspiró.
—Consígueme unas botas y un saco. ¡Tengo una idea! —respondió el gato.
El joven remendó unas botas pequeñas. El gato se las puso, acomodó su sombrero y salió por el camino: tap, tap, tap.
El gato llevó al rey unas manzanas del huerto del molinero.
—Son un regalo del marqués de Carabás —anunció, inventando un título elegante para su amigo.
El rey quiso conocerlo. Pero, cuando llegó al molino, el joven bajó la mirada.
—No soy marqués. Soy molinero.
El gato se quitó el sombrero.
—Perdón. Quería ayudarte, pero no dije la verdad.
—Prefiero conocer a un molinero sincero —dijo el rey.
El joven le mostró el arroyo seco. Un ogro había cerrado la compuerta junto a su castillo, y el agua ya no movía el molino.
—Esta vez ayudaré sin inventar nada —prometió el gato.
Con sus botas bien puestas, fue a visitar al ogro.
—¡Puedo convertirme en cualquier animal! —presumió el ogro.
—¿Incluso en un ratoncito? —preguntó el gato.
¡Puf! Un ratón apareció dentro de una bota enorme. Intentó trepar, pero resbalaba.
El gato inclinó la bota y lo ayudó a salir.
—Gracias —dijo el ogro al recuperar su tamaño.
—Ahora tú puedes ayudarnos abriendo la compuerta —respondió el gato.
El ogro abrió la compuerta. El agua corrió hasta el molino y la rueda volvió a girar.
El joven molió trigo y preparó pan para compartir con el rey, el ogro y su amigo.
—Este regalo sí es de un molinero —dijo el gato.
Todos sonrieron. Después de la merienda, el gato dejó sus botas junto a la puerta y se acurrucó, contento, junto a su amigo.
Fin
Para recordar
Las buenas ideas sirven para ayudar, no para engañar.